lunes, 27 de mayo de 2013

¡Qué sin vergüenza!




Esta expresión involucra multifacéticas situaciones y  diversidad de sentimientos encontrados. 

Aristóteles (384- 322), filosofo griego, en su obra titulada “Moral a Nicómaco,”  en el libro cuarto, capítulo IX,  argumenta sobre el pudor y  la vergüenza.  A ésta la  define  como “el  miedo a la deshonra.”

Cuando uno se valora  en su modo de pensar, decir y hacer, se estima y aprecia. Si  siente vergüenza  por sus hechos, es la voz de su conciencia  quien lo enfrenta con su autoestima y con  el juicio crítico propio o ajeno. La ponderación positiva  de algo o de alguien  se  da con el  equilibrio del buen proceder  y en armonía con el  bien común. En cambio, una estimación errónea  quebranta la sensatez. 

Es obvio que uno se afane por “estar bien” porque  eso le proporciona “un bienestar.”  Pero, no es correcto  sustituir un  “bien real” por  “un bien aparente” cuyos móviles son entre otros: la  ambición de poder  o la obtención de recursos materiales. Surge un relativismo moral reñido con las buenas costumbres y un escepticismo donde “todo vale.”
 
Quien procede bien,  honra su cordura   con actos que son como deben ser, tanto en  sus causas como en sus efectos. Es garante porque la responsabilidad es una cualidad de la persona y  una  condición  de la conducta ética.

Quien no le teme  ni en su fuero íntimo ni socialmente a la deshonra,   es un  sin vergüenza.

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